
Se tiende
a cometer el grave error de encasillar al cine como una mera forma
de entretenimiento. Se lo menosprecia como medio en comparación
con la literatura y se lo asocia con el ocio en lugar del estudio
o aprendizaje. Además de simple ignorancia generalizada,
esto se debe a que es precisamente esa la forma en que el cine es
apreciado por la gran mayoría de espectadores. Como una mera
forma de entretenimiento. Y es esa gran mayoría de los espectadores
la perdedora y principal afectada por esta concepción errónea
y limitada.
El cine como lo conocemos hoy nació el 28 de Diciembre de
1895, en el sótano de un café de París, gracias
a geniales descubrimientos previos de Thomas Edison y a la visión
de Louis y Auguste Lumiere. Consecuentemente, en comparación
con otras formas de expresión artística como la literatura,
la pintura o la música, podemos afirmar que el cine tiene
menor edad e historia. Sin embargo, a diferencia de los medios de
expresión precitados, el cine es el más completo a
nivel de manifestación sensorial.
Ahora, sería
necio de mi parte desconocer el valor del cine como forma de entretenimiento.
Valor que inclusive tiene su componente de utilidad social. Los
seres humanos necesitamos entretenernos. El problema está
cuando se confunde este atributo con la fobia a tener que “pensar”
dentro de una sala de cine, y lo que se espera en cambio es el menosprecio
de los espectadores por parte de la película, la acostumbrada
aplicación de “fórmulas” narrativas y
una completa falta de ambición cinematográfica. ¿Por
qué?
El cine puede ser (y es) mucho más.
Puede educar, inspirar, confortar e inclusive transformar vidas.
Su impacto en el individuo es igualado únicamente por su
difusión y poder para alcanzar las masas. Un buen filme puede
dejar en nosotros una impresión eterna, consolidar y desafiar
nuestras convicciones, afectarnos a un nivel únicamente soñado
por otras formas de expresión artística. ¿Es
razonable verlo simplemente como una manera de apagar las neuronas
durante 90 minutos?
Sólo a modo de ejemplo menciono el
filme “Amadeus” (1984, Milos Forman) y su influencia
en los gustos musicales de la denominada “Generación
X”. Dicha producción fue uno de los filmes más
admirados de la historia reciente, que puso durante un breve periodo
la música de Mozart en el top 10 de la Billboard, en franca
competencia con Madonna y Michael Jackson.
Démosle al cine el respeto y protagonismo
en nuestra vidas que merece, y no olvidemos que “como
la novela, puede contar historias y reflejar conflictos entre personajes
vivos; como la pintura, compone el espacio con luz, color, sombra,
forma y textura; como la música, se mueve en el tiempo de
acuerdo a principios de ritmo y tono; como la danza, representa
el movimiento de figuras en el espacio y es frecuentemente secundado
por música; y como la fotografía, presenta una versión
bidimensional de lo que parece ser una realidad tridimensional,
usando la perspectiva, la profundidad y la sombra.”(Mario
Ráez Luna, “Historia del Cine”).
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