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"CINE, ¿ARTE O NEGOCIO?"
Que el cinematógrafo sería
un fenomenal negocio, se vio ya desde aquel 28 de diciembre de 1895
en el Salón Indien, ubicado en el número 14 del Boulevard
des Capuccines, cuando sus inventores, los hermanos Lumière,
ofrecieron al público parasino la primera proyección
cinematográfica. En aquella presentación, apenas recaudaron
35 francos. Pero faltaba lo principal: que se divulgara la noticia.
Cuando sucedió, por boca de los primeros curiosos que salieron
asombrados del espectáculo, una verdadera multitud se aglomeró
a las puertas del establecimiento y la recaudación subió
a cerca de 2.500 francos por noche. Lo que empezó como una
curiosidad tecnológica y emprendía (el que se llamaría
después) el Arte del Siglo XX, también dio ese fin
de año el claro indicio de convertirse en un gran negocio.
La Primera Guerra Mundial detuvo
entre 1914 y 1918 el desarrollo del cine en Europa, atravesada por
el conflicto. Pero esto dio pie a su consolidación y crecimiento
en los Estados Unidos, donde los cañonazos sonaban demasiado
lejos como para dejar de trabajar, de producir y de exhibir. Varios
de los géneros del cine actual nacieron y crecieron durante
esos años, como el caso del cine cómico y el drama
familiar. Crece el negocio a finales de los años veinte cuando
se agrega al cine un nuevo elemento: el sonido. Y empieza el Star
System, es decir, volcarnos a las estrellas de moda, agregando
curiosidad (casi siempre morbosa), con un resultado inmediato que
se refleja en las taquillas.
El período de la Segunda Guerra no tenía por qué
ser diferente, y es en esos años cuando Hollywood se consolida
y la industria cinematográfica norteamericana toma la delantera.
El cine de guerra, en el cual los malos son los alemanes y los japoneses,
y los héroes son los soldados gringos, saturan las salas
(y las cuentas de los productores y actores).
Luego, un inesperado enemigo le aparece al cine: la televisión.
Los productores tuvieron que recurrir al ingenio para reconquistar
los espectadores que, en esos años, habían desertado
las salas para refugiarse en casa frente al nuevo, curioso y cómodo
aparato. Surgieron entonces las películas en color, la tercera
dimensión, las pantallas gigantes y las superproducciones,
y el cine empezó a volver por sus memorias comerciales.
Como sucedió en principio
con casi todos los oficios intelectuales que el ser humano concibió
para su goce artístico o para inquietar a la multitud, la
primera parada es el Arte. Ni los remotos pintores de las cuevas
de Altamira y Lascaux, ni los originarios constructores de tótems,
o los arquitectos egipcios que levantaron las pirámides,
pensaron en un comienzo en el entretenimiento de las masa, ni en
el espectáculo para públicos masivos o selectos, y,
mucho menos, en subastar o vender al mejor postor sus producciones.
Pero llegó la Revolución Industrial y con ella la
producción en masa, y el arte en cualquiera de sus manifestaciones
empezó a ser objeto de codicia. Si fuera posible y hubiera
alguien autorizado para venderlas, no faltaría quien comprara
las Pirámides de Egipto, por ejemplo, como adquirió
alguien a un buen estafador la Torre Eiffel en un ya lejano día.
De manera que el mundo actúa, en el que la economía
viene a ser el motor que mueve al planeta, el arte ha devenido objeto
de compra y venta: mercancía. El cine no es tan ajeno a esos
objetivos, y por lo mismo, es un gigantesco negocio que mueve miles
de millones de dólares, pone a trabajar a decenas de miles
de personas, crea mitos y leyendas a cuenta de la publicidad que
genera su exhibición.
¿Arte o espectáculo, entretenimiento o negocio? El
cine es todo eso junto, aunque los filmes se inclinen ya de un lado,
ya de otro. Que en la sala de espectadores encontremos unos que
van con la mira puesta en lo que de artístico pueda tener
una producción fílmica para después comentarla
reflexiva e intelectualmente, o tan solo acudan para entretenerse,
no de otra manera se satisfacen los gustos de un público
heterogéneo y las finanzas de sus productores. El cine, como
medio de presión ideológica, la mayoría de
las veces responde a los intereses financieros de las productoras,
en donde se crea una contradicción entre la mente creadora
de un artista que imagina el filme, y la mentalidad práctica
de quien realiza la inversión y no quiere perder su dinero.
Para medir el asunto en términos de extremos, un ejemplo
latente es el de la película Proyecto de la Bruja de
Blair (Blairwitch Proyect), filme casi artesanal que
con una inversión de apenas 250.000 dolares, logró
una taquilla mil veces superior de 250 millones de dólares,
que la convirtió en la película más rentable
de la historia del cine; y la producción de La isla de
las cabezas cortadas (Cutthroat island), cuyos costos
de realización llegaron a los 95 millones de dólares,
pero que apenas logró recuperar once millones en taquilla.
Todo depende de esa Caja de Pandora, voluble y antojadiza, que marca
las pautas del éxito o del fracaso: el público.
El cine no solamente es la mayor realización cultural del
siglo XX, sino un elemento de culturización, de toma de conciencia,
de propaganda, sin analogías en la historia de la humanidad.
Ha sido utilizada bien y mal por quienes han tenido su control a
lo largo de 110 años, pero en esencia, el cine es un medio
de expresión artístico, tan completo por su inigualable
capacidad de producir múltiples efectos en cada uno de nosotros.
Ese efecto ocasionado, que nos puede llevar a soñar, meditar,
imaginar, inspirar, profundizar, suponer, sospechar, dudar, cuestionar,
admitir, creer, entender, es lo que le otorga al cine un espacio
importante (y muchas veces decisivo) en la vida de un individuo.
Ya preludiaba por primera ocasión, en las bocas abiertas
de aquellos primeros espectadores, por el asombro, en el Salón
de Indien.
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