Diciembre 20 del
2005
No he visto la versión original de “King Kong”
(1933) ni tampoco el remake del mismo nombre (1976). La
original es un clásico que ocupa un lugar importante
en la historia del cine. Causó un profundo impacto
en la cultura y está catalogada como un excelente
filme, muy difícil de duplicar. La tengo en los primeros
lugares de mis películas pendientes. El no haberla
visto aún tal vez no incremente mis credenciales
de cinéfilo pero me da una ventaja respecto de este
nuevo remake: me permite con menos esfuerzo evaluarlo por
sus propios méritos, y no por los que permanezcan
en pie luego de compararlo al original.
La trama es mundialmente conocida: Estados Unidos se encuentra
en medio de la gran depresión y Ann Darrow (Naomi
Watts) es una actriz desempleada. Carl Denham (Jack Black,
en el único error de casting en el filme, no por
su falta de capacidad sino por lo equivocado de su perfil
para el rol) es un director que necesita un éxito
desesperadamente, y decide tratar de encontrarlo filmando
su próxima película en la misteriosa y nunca
antes visitada “Isla de la Calavera” (“Skull
Island”). Ann acepta el rol protagónico del
futuro filme no sólo por falta de trabajo sino por
la admiración que siente por el guionista, Jack Driscoll
(Adrien Brody). En la isla encuentran a extraños
nativos y una serie de animales monstruosos, incluyendo
dinosaurios, insectos gigantes y el rey de reyes: un simio
de 30 pies llamado “King Kong”. Los nativos
entregan Darrow a Kong (al parecer atendiendo algún
rito local de sacrificio), Kong se encariña (¿puede
un simio “enamorarse”?) con Darrow y ésta
logra ver a la inocencia detrás de la bestia. Denham
y su tripulación logran capturar a Kong para atender
su propio sacrificio local: la explotación económica
del animal en Times Square, New York. Ya en la ciudad Kong
escapa y……………bueno, conocen
el resto.
El talento de Peter Jackson es difícilmente cuestionable
luego de la brillante trilogía de “El Señor
de los Anillos”. Sin embargo, dos cualidades que tanto
le sirvieron en esos filmes lo traicionan en éste:
los efectos especiales y la presentación épica
de la historia. La película original de King Kong
tiene una duración de 90 minutos, la de Jackson 180.
Todo es más grande, más cuantioso, más
intenso, más complejo, más, más, más.
Y como sabemos más no siempre es mejor. Especialmente
en películas como “King Kong” donde el
corazón de la trama es simple y los excesos distraen
y disminuyen la conexión emocional entre el espectador
y la historia. No me malinterpreten, el drama está
presente y la relación entre Kong y Darrow es creíble,
pero las distracciones y el bombardeo de efectos especiales
y eventos extraordinarios es tan abundante que uno se “desensibiliza”
de lo que ve. El escapismo se transforma en impaciencia
con el tiempo de duración de la película y
llega un momento en que deseamos que llegue el final (que
para agravar las cosas ya conocemos), no para experimentarlo
sino para regresar a casa y al mundo real. Lo cual es aún
más lamentable considerando la brillantez de las
interpretaciones y el talento del propio Jackson para el
cine de tipo escapista. No lo olvide para la próxima
señor Jackson: a veces menos es más.
CALIFICACIÓN:
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