Junio
11, 2004
Esta película seria absolutamente formulática
si no fuese por un pequeño detalle: lo que vemos
en la pantalla realmente ocurrió.
El 22 de Febrero de 1980 durante las Olimpiadas de Invierno
celebradas en Lake Placid, New York, el equipo nacional
de ice hockey de los Estados Unidos venció contra
todo pronóstico a su similar de la Unión Soviética.
Y créanme cuando les digo que las similitudes entre
ambos equipos se limitaban al deporte que practicaban. El
equipo de la Unión Soviética era infinitamente
superior, hombre por hombre y en conjunto. Una semana antes
del partido había humillado al mismo equipo norteamericano
en un partido de exhibición. Y la semana anterior
a esa (para los que estén pensando que fue porque
no jugaron las “estrellas”) los Soviéticos
derrotaron por 6 a 1 a un equipo conformado por los mejores
jugadores de la Liga Nacional de Hockey Norteamericana (NHL).
Los jugadores de la Union Soviética tenían
casi 15 años jugando juntos, periodo durante el cual
ganaron varias olimpiadas y un sinnúmero de encuentros
internacionales. El equipo norteamericano por su parte tenia
menos de un año de iniciado y estaba conformado por
jóvenes universitarios que por primera vez participaban
en una Olimpiada. Es precisamente la abismal diferencia
que existía entre ambos equipos lo que ha convertido
la victoria en un emblema de lucha y perseverancia contra
las probabilidades, por mas ínfimas que éstas
sean.
No
pretendo ser un experto en el área pero ésta
debe ser una de las victorias más improbables en
la historia del deporte televisado. El eje de la victoria
norteamericana fue el entrenador Herb Brooks, un hombre
apasionado que preparaba sus equipos como un complejo problema
matemático. Ningún detalle se le escapaba,
sabía perfectamente lo que hacia. Kurt Russell, famoso
por interpretar personajes casi caricaturescos de culto
(Snake Plissken de la serie “Escape From New York”
y Jack Burton de “Big Trouble in Little China”)
y no por sus atributos como actor dramático, por
primera vez desaparece completamente en el personaje que
interpreta. Su trabajo en esta película es brillante.
Brooks es el real centro de la película, es quien
convence a sus jugadores de sus posibilidades contra los
soviéticos, la omnipotencia de perseverancia y el
poder de la voluntad.
Los jugadores ocupan un lugar importante como un todo, mas
no individualmente. Ningún jugador sobresale lo suficiente
para opacar a otro, el equipo prevalece siempre sobre las
estrellas. El partido contra los soviéticos es, como
era de esperarse, el climax del filme y la recreación
es perfecta, casi jugada por jugada. Por supuesto que su
duración ha sido reducida a las jugadas más
importantes pero esto no disminuye su impacto emocional.
Consciente de que su equipo no tenía el talento de
los soviéticos, Brooks entrena sus jugadores hasta
el extremo del cansancio mental y físico, se convierte
a propósito en un déspota para unificar sus
jugadores contra él. Les enseña que “el
nombre en el frente del uniforme es más importante
que el que llevan en la espalda”, confía en
el poder de la voluntad y de la autoestima. Minutos antes
del partido les dice a sus jugadores: “Estoy cansado
de escuchar que el equipo soviético es el mejor del
mundo, esta noche nosotros somos el mejor equipo del mundo.
Si jugamos contra ellos en 10 ocasiones tal vez nos derroten
en 9, pero no esta noche.”
La victoria de los norteamericanos sobre los soviéticos
ha pasado a ser conocida como “el milagro sobre el
hielo” gracias a la expresión “creen
en milagros?” del comentarista deportivo Al Michael
al momento de finalizar el partido. “Miracle”
no es la primera película sobre un equipo deportivo
que consigue la gloria contra todo pronóstico, sin
embargo, es una de las pocas en donde la realidad es más
emotiva que la ficción.
|