Noviembre 3 del 2007
Cada cierto tiempo tengo el privilegio de ver un filme independiente que no ha tenido la suerte de encontrar mayor distribución, no por falta de méritos de la obra sino debido a la creciente mercantilización del arte cinematográfico. Es en estos casos en que encuentro mayor sentido a mi labor, ya que puedo servir de instrumento para que filmes como The Forest for The Trees encuentren una mayor audiencia, en lugar de permanecer poco vistos en la bóveda del tiempo.
The Forest for The Trees es una cruda pero fascinante revisión de lo influyente que puede ser para la vida de una persona la carencia de inteligencia emocional, la baja autoestima y los prejuicios sociales. Melanie (Eva Lobau, en una extraordinaria interpretación), es una joven de 27 años que deja a su novio y a su familia para ser profesora de colegio en otra ciudad. Seguramente cree que desea algo “mejor”, o que lo merece, como suele ocurrirle a casi todas las personas en algún momento de sus vidas. Pero al independizarse Melanie debe enfrentar la dura realidad: es una joven ordinaria, con inseguridades que limitan o afectan cada paso que toma.
En el colegio sólo encuentra indiferencia, tanto de sus colegas como de sus alumnos, con la excepción de Thorsten (Jan Neumann), un profesor claramente interesado en Melanie, y a quien ella desprecia, tal vez porque a cierto nivel es su equivalente: ordinario y sencillo. En lugar de darle una oportunidad a Thorsen, Melanie trata de ingresar en el círculo social de Tina (Daniela Holtz), una mujer mucho más atractiva y sofisticada que ella, a quien conoce en una tienda de ropa de diseñadores. Tina es amable en un principio, pero se cansa rápidamente de las inseguridades de Melanie, quien más que una amiga busca una demostración de que puede ser y tener algo “mejor”.
La directora del filme, Maren Ade, realiza una gran labor manteniendo la cámara en su confundida protagonista el 99% del tiempo y al mismo tiempo evitando la irritación y aburrimiento de la audiencia.
Es común que los seres humanos busquen a quien consideran no pueden tener, ignorando a quien sí pueden tener, y en el proceso quedándose sin nada. La denominada “meritocracia” ha hecho que nadie esté contento con lo que tiene, porque siempre habrá algo mejor, y a diferencia de otros tiempos, ahora todos podemos tener lo que deseamos, si tan sólo nos lo proponemos (o al menos eso dicen los comerciales y las comedias románticas).
Es duro ver como Melanie va descubriendo sus limitaciones, pero al mismo tiempo nos produce una extraña sensación de paz, al permitirnos entender que más importante que alcanzar lo que se quiere es querer lo que se alcanza. No es mediocridad. Es inteligencia, madurez y voluntad.
El final del filme es ambiguo y subjetivo, abierto a múltiples interpretaciones. Sin embargo (como suele ocurrir en obras de calidad), cualquier interpretación que le demos resulta satisfactoria.
CALIFICACIÓN:
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