Febrero 4 del 2007
Al igual que cualquier otra manifestación artística, el cine no admite encarcelamiento dentro de nociones o parámetros tradicionales e inamovibles. Lo contrario sería el equivalente de cortarle las alas al espíritu humano, negándole su connatural libertad.
Como lo han hecho siempre los mejores creadores cinematográficos, Darren Aronofsky (Requiem For A Dream) nos presenta un filme que no admite definición. The Fountain más que una película es una experiencia.
Hugh Jackman -recordándonos nuevamente que le debemos a Bryan Singer el descubrimiento de uno de los mejores actores de Hollywood- interpreta a un médico en el presente, un conquistador al servicio de una reina en el pasado y un viajero interestelar en el futuro, todos personajes obsesionados con vencer a la muerte, arrebatando un ser amado de sus crueles tenazas. La fascinante Rachel Weisz (The Constant Gardener) es ese ser amado, en la forma de una reina para el caso del conquistador, una mujer enferma de cáncer en el caso del médico y un árbol (sí, un árbol) en el caso del viajero interestelar.
¿Estamos frente a distintas reencarnaciones de las mismas almas?, ¿metáforas en forma de individuos pertenecientes a diferentes épocas?, ¿las mismas personas que han encontrado la forma de burlar el paso del tiempo? No lo sé y no estoy seguro si el propio Aronofsky lo sabe, o quiere saberlo. The Fountain tiene un hilo narrativo en algún lado de su compleja estructura, pero a pocos minutos de iniciado el filme dejamos de buscarlo, abandonados por completo en la intensidad e familiaridad de los sentimientos humanos expresados extraordinariamente en las imágenes y el sonido.
La muerte es una realidad demasiado cercana y lejana a la vez para poder analizarla de manera racional. Pero podemos definirla inmediatamente a través de nuestras emociones. Desesperación, frustración, ansiedad, paz, resignación, furia, valentía, fuerza, debilidad, son sólo algunas de las realidades evocadas por la muerte, y The Fountain manifiesta cada una de ellas y más en la pantalla. Y lo hace de la forma en que sólo un director genial puede hacerlo: utilizando cada uno de los componentes de la obra cinematográfica. Actuaciones, sonido, fotografía, escenografía, efectos especiales todos se complementan armoniosamente.
Con su última película Aronofsky nos devuelve la esperanza de un cine original, que nunca deje de sorprendernos.
CALIFICACIÓN:
   
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