Enero
3 , 2005
Existen varias formas de cine. Por un lado tenemos el cine-entretenimiento,
el favorito de las masas, el que ha convertido a la industria
cinematográfica (en especial la norteamericana) en
un verdadero imperio. Este cine no es necesariamente malo
(aunque en honor a la verdad, suele serlo) y cumple con
satisfacer una natural necesidad humana: entretener.
Por otro lado tenemos al
cine-arte, cuya prioridad no es entretener sino estimular,
cuestionar, aportar, sacudir y educar. Este es el tipo de
cine que exige más de los espectadores. El tipo de
cine que rechaza las fórmulas. El tipo de cine al
que acude la minoría.
“The Station Agent”
pertenece a este segundo grupo. Tiene como trama principal
a sujetos imperfectos, aburridos y ordinarios. No es una
historia que atraiga taquilla, es una historia que atrae
personas.
Peter Dinklage (“Human
Nature”, “Elf”) es Finbar McBride, un
hombre tímido, introvertido, de pocas palabras y
pocas amistades. Trabaja reparando trenes en miniatura junto
con Henry Styles (Paul Benjamin), quien probablemente sea
su único real amigo. Ah, me olvidaba, Finbar además
es un enano.
Al inicio de la película
muere Henry, y deja en herencia a Finbar una vieja, pequeña
y abandonada estación de trenes. El heredero tiene
una profunda afición por los trenes y por cuanto
es un hombre que hace de la soledad su refugio, decide mudarse
a la vieja estación. Ser enano no debe ser fácil,
peor aún en mundo tan superficial como el actual,
en donde el culto a la apariencia va desde excesivo a obsesivo
y la escala de valores está desordenada, por decir
lo menos.
Finbar evita la desilusión
eludiendo el contacto con los demás, reduciendo al
mínimo el esperar algo de alguien. Esto es más
difícil decirlo y pensarlo que hacerlo. En especial
cuando la única persona en un radio de varios kilómetros
es Joe Oramas (Bobby Cannavale). Joe –quien tiene
un puesto móvil de café y comida rápida
estacionado a pocos metros de la pequeña estación-
es el extremo opuesto a Finbar, tiene una hiperactividad
interminable y un don de gente contagioso. La soledad le
resulta una pésima compañía y el tener
un nuevo vecino no logra más que sacar a relucir
su personalidad extrovertida y el evidente contraste con
la de Finbar. Es enternecedor ver la búsqueda constante
de Joe para establecer vínculos, el continuo rechazo
de Finbar y eventual claudicar de este último.
Cierra el trío de
protagonistas principales Olivia Harris (Patricia Clarkson),
una mujer sumida en el dolor interminable de perder a un
hijo con el agravante de no contar con el apoyo emocional
de un cónyuge. Olivia recibe el beneficio de conocer
tanto a Joe como a Finbar y enriquecerse de sus formas opuestas
de enfrentar la vida. A su vez les brinda su amistad, su
alma femenina y su claroscuro enigma.
Esta
es una película que descansa sobre lo real de sus
personajes, la profundidad de sus posturas y la necesidad
de sus vínculos. Lo que empuja el filme no son las
circunstancias extraordinarias que rodean a sus personajes,
las escenas de acción o los efectos especiales ultramodernos
tipo “cgi”. Lo que mueve a esta formidable película
es el mundo interno emocional que ponen al descubierto sus
protagonistas y la belleza del poder sanador que tienen
los vínculos humanos.
¿No es acaso esto mucho más interesante?
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