Marzo 19 del 2006
En la actualidad una de las facultades del cine con mayor
relevancia cultural es la posibilidad de presentarle a la
denominada “generación audiovisual” los
grandes artistas del pasado. Los ejemplos son abundantes.
Foreman lo hizo con Mozart en “Amadeus” (1984),
Jim McBride con Jerry Lee Lewis en “Great Balls of
Fire!” (1989), Taylor Hackford con Ray Charles en
“Ray” (2004) y ahora James Mangold (Kate and
Leopold, Identity) lo
hace con Johnny Cash en “Walk the Line”. Y de
que manera. Esta película me ha recordado el elemento
más trascendente de la cinematografía: ser
medio de difusión del arte. ¿A cuantos brillantes
artistas no habríamos conocido las nuevas generaciones
sin la asistencia del cine?
Cash (como casi todo gran artista) era un hombre complejo,
lleno de matices y dolor. La interpretación de Phoenix
es virtuosa, su nominación al Oscar completamente
merecida (aún no veo “Capote” pero Seymour
Hoffman tiene inmensas expectativas personales que atender
para legitimar en mi mente su victoria sobre Phoenix). Se
ha comentado que no es lo mismo imitar a otra persona (sea
Truman Capote o Johnny Cash) que crear un personaje teniendo
como base tan sólo el guión. Se ha alegado
que lo segundo tiene más mérito artístico
que lo primero. No estoy de acuerdo. Interpretar en forma
convincente a otra persona puede llegar mucho más
difícil. Cierto, hay más material de guía.
Pero al mismo tiempo hay muchas más restricciones
y menos libertad interpretativa. La transformación
de Phoenix para esta película es fascinante, desde
la manera de caminar hasta la forma de hablar y tocar la
guitarra (el actor nunca había tocado guitarra antes
de esta película, e increíblemente es su propia
voz la que escuchamos interpretando las canciones de Cash
en el filme, no un doblaje).
Resse Witherspoon (ganadora del Oscar a mejor actriz por
esta interpretación) hace lo propio como June Carter,
famosa cantante de country, amante y futura esposa de un
Johhny Cash casado y padre de familia. Claro, fue Cash quien
persiguió en forma insistente (para algunos obsesiva)
a Carter, no aceptando un “no” como respuesta.
En este punto cabe destacar que el filme no adopta posiciones
partisanas, se concentra en observar la vida de un hombre
lleno de talento y cicatrices emocionales, causadas por
la prematura muerte de su hermano y el dolor mal canalizado
de su padre (Robert Patrick en excelente trabajo). La dirección
del filme es inteligente, concentra la atención en
Cash y en su música, como debe hacerlo. La cronología
es lineal, salvo respecto de uno de los eventos más
recordados de la vida de Cash: su concierto en la prisión
de Folsom (grabado en un álbum de inmenso éxito,
“At Folsom Prision”). Al inicio de la película
vemos a Cash momentos antes de cantarle a los presos, y
cerca del final -luego de haber invertido nuestras emociones
en la historia- vemos su interpretación de “Cocain
Blues” en medio de la algarabía de los “huéspedes
del Estado” y la creciente preocupación del
alcaide (“¿ha tomado alguna vez el agua que
les sirven a los presos señor alcaide?”). El
resultado es uno de los momentos más efectivos del
filme.
Que nadie lo dude, la verdadera estrella de esta película
es la música de Cash y los principales beneficiados
quienes antes de ver el filme no la conocíamos.
CALIFICACIÓN:
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